No quería descargar la rabia, no quería golpear nada. No quería que el mundo se diera de que por dentro su sangre hervía. Llevaba demasiados disgustos acumulados. Prefería tragarse el orgullo a decirle algo a ella cuando se cruzaban por la calle. Le costaba, pero se controlaba.
Ella, la típica chica normal, que sobresalía entre el montón. Le alumbraba su corazón, su cariño, le deslumbraban sus besos. Y desde que le abandonó se le hizo un vacío encima. Decidió controlarse por miedo a ensuciar su historia. Él no quería ser quien la ensuciara. Para él siempre sería perfecta.
Pero era difícil aguantar, le resultaba difícil poner buena cara a los puñetazos que le abofetearon con la llegada de la noticia. Era el centro de atención. El cornudo del barrio.
Pero, ¿y qué? A esas alturas de su vida la gente ya había hablado demasiado. Decidió refugiarse con los suyos, con los de siempre los que de verdad lo conocían tal y como eran. Los que se quedaron impactados con sus reacciones violentas. Él no es así, y eso lo sabía.
No es fácil aguantar una y otra vez los golpes de la vida, y aun así salir a la calle y enseñarle al mundo tu sonrisa, pero lo conseguía con esfuerzo diario.
Un día decidió no volver a saber nada de ella. Creía que era lo mejor.
Salió a la calle con su sonrisa, la de saludo a la vida, la que enseñaba el mundo, con la que caminaba orgulloso, por mucho que le doliera por dentro. Pero por dentro le seguía la rabia.
Ese mismo día se la encontró. Caminaba sola, igual de cuidada que siempre. Curiosamente no iba sonriendo. Al cruzarse los dos se frenaron. Él la saludo, sin esperar respuesta. Sin embargo, la chica arrepentida le pidió perdón por todo el daño que le había causado.
En ese momento, el chico decidió guardarse el orgullo, y tirar hacia delante:
-No quiero que me pidas perdón. ¡No! Porque no necesito perdonarte para tener que hablar contigo todos los días. Creo que el amor que siento hacia ti supera todo el daño que puedas hacerme. Jamás pensé que podría echar tanto de menos a alguien. Hasta que llegaste tú a mi vida. Y ya no quiero dejarte salir de mi vida. Yo no escogí enamorarme de ti, pero lo que si decido yo son mis decisiones, y tú eres mi pensamiento día a día. Se acabaron las tonterías. Yo de verdad que te quiero, y eso nadie lo cambia.
Después de estas palabras ambos se abrazaron. Ella comenzó a llorar. Tal vez de arrepentimiento.
Demasiadas veces son las ocasiones en las que debemos escoger. Escoger es elegir. Y al elegir dejamos una opción de lado, y aceptamos la otra opción confiando de que será la mejor. El amor es uno de los pocos sentimientos capaces de cegar actos infames. Actos a los que desde fuera estas acostumbrados a decir '' a mi me hacen eso y la mando a tomar por culo''. Pero cuando te pones en la situación te das cuenta de que no es así, de que tu también harías lo mismo que hace todo el mundo bajo los efectos del amor. Y ahora bien, yo me pregunto ¿el arrepentimiento que una persona muestra sobre un acto incoherente puede llegar a hacer que esa persona sea perdonada? Para mi sí. Arrepentirse es lo mejor que puedes hacer. Porque demuestras tragarte el ego, el orgullo, porque de verdad esa persona te importa. Y si te importa te arrepientes y no paras hasta que quede demostrado.
Y sí, el arrepentimiento puede hacer recuperar la confianza, pero es difícil demostrarlo.
Daniel Huertas
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